algunas reflexiones en torno a la elección presidencial

27 01 2012

1. Quién gane no es fundamental; importará mucho la composición del Congreso

Los tiempos de la presidencia imperial quedaron clausurados. Desde hace décadas el presidente ha ido perdiendo facultades constitucionales y extra-constitucionales. A partir de 1997, sin mayoría en el Congreso, la negociación (y más bien la parálisis) ha sido la regla. Ya no se hace todo lo que se decide en Los Pinos. Por lo mismo, el votante deberá fijarse en otros factores, como la composición de las cámaras. Es muy sintomático que Peña Nieto base su propuesta de “gobierno eficiente” en tener el control del Congreso. Porque sabe que si tiene un escenario semejante al de Fox o Calderón, su rango de maniobra estará igualmente limitado.

2. Que el PRI gane no implica un retroceso democrático en sí

Me choca el PRI, y considero que dicho partido arrastra muchos vicios y formas de hacer política que no son acordes con la democracia moderna (véanse Mario Marín o Humberto Moreira). Sin embargo, que retome el poder no implica que México esté regresando al autoritarismo. Muchas de las condiciones del autoritarismo (prensa controlada, elecciones no competitivas y sin garantías) se han desmontado. Lo importante es que las condiciones de competencia se conserven. La caracterización PRI = autoritarismo, PAN y PRD = democracia es simplista. Los años de la alternancia nos han dejado ver que los tres partidos cojean igual; en todos hay casos de corrupción, intentos de control del poder legislativo local y manipulación de elección a través de redes clientelares. Por lo tanto el ciudadano deberá estar atento a cuestiones más específicas, que puedan ser benéficas o contraproducentes para el funcionamiento democrático del país.

3. El ganador tendrá un panorama adverso

La composición del electorado mexicano y el tripartidismo a nivel federal hacen que conseguir arriba del 50% en una elección presidencial como la que tendremos este año sea quimérico. A menos que implote algún partido, situación totalmente improbable, el que gane lo hará con menos de la mitad de los votos. Es decir: no habrá sido la elección de la mayoría. Posiblemente no llegará en una situación tan adversa como la de Calderón en 2006, pero igual carecerá del respaldo de la mayoría. Sólo digo.

4. Gane quien gane, la elección por sí misma no cambiará mucho.

El lunes 2 de julio, en plena resaca electoral, gane quien gane, el electorado mexicano se encontrará con el ¿y ahora qué? Posiblemente habrá cambiado el color del partido. Vendrán cambios en la administración, un recambio de cuadros, los colores de los programas y las oficinas federales los pintarán con nuevos colores. ¿Y qué? Eso no va a acabar con el problema del narcotráfico, no va a hacer que el país crezca al ritmo que quisiéramos ni va a frenar la terrible sequía que abarca buena parte del territorio. Lo que importará serán las acciones. Negociar, pasar las reformas necesarias (educativas, fiscal, laboral, energética, y un largo etcétera), sacar al país del marasmo, es lo que va a importar. No si se verá bonito en la propaganda de los programas federales ajenos a cualquier partido político y todo ese rollo.

En otras palabras, nosotros compartimos la culpa. Nos decimos ciudadanos participativos si fuimos a la casilla, hicimos fila y tachamos unos papelitos. Pero eso es querer ganar el millón apostando con centavos. Discutimos, opinamos, nos enardecemos y hasta nos enfadamos en las grandilocuentes pláticas sobre la elección. Que si el copetón es un ignorante, que si el Peje se cree mesiánico, que si Chepina o Cordero o Creel son más de lo mismo. Y defendemos al de nuestra elección (en mi caso defiendo mi derecho a pintar una jirafa en la boleta) como si le hiciéramos un favor a México. No digo que no discutamos (siempre es sano dialogar y es divertido tener un tema en común); lo que quiero decir es que es un tanto fútil. Porque el país está entrampado en problemas mucho más complejos que tener un mal presidente. Si ese fuera el problema, ya lo hubiéramos resuelto. Pero hay factores estructurales, de prácticas casi ancestrales, de incentivos mal alineados, de intereses creados, que no se resuelven con tener una cara nueva. De ahí que la recomendación para el elector sea ir un poco más allá, tomar un tema que le apasione (medio ambiente, discapacitados, competencia en telecomunicaciones, cualquier) y desde ahí empezar a plantear alternativas. En una de esas el nuevo presidente (o alguien en el enorme aparato estatal) lo escucha.

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