Ayer fue un día de enorme relevancia para el Distrito Federal. Si bien desde el 4 de marzo había entrado en vigor la ley que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo, fue hasta ayer que se materializó con el casamiento de 5 parejas en el palacio del Ayuntamiento. El testigo de honor: el jefe de Gobierno. Según medios y fuentes cercanas que asistieron al evento, había muchos policías y alrededor de 150 personas afuera del edificio: la mitad protestando en contra, los otros mostrando su apoyo.
Más allá del significado de la ley en un país tan conservador y religioso como el nuestro, se trata de una victoria no sólo para el movimiento LGBT, no sólo para aquellos que ahora pueden casarse, sino para todos. Porque se trata de una ampliación de los derechos civiles. Al calor de los acontecimientos, es común ver reacciones en contra (aunque algunas han sido demasiado virulentas a mi parecer). Sin embargo, visto con mayor amplitud, es un paso más hacia la igualdad en derechos y obligaciones en México. Antes la mujer no votaba, ahora lo hace. Antes había esclavitud, fue abolida. De ese tamaño es el cambio.
Al final del día la sexualidad de alguien no debería ser un tema de discriminación. Uno no va por la calle diciendo qué le gusta o cómo. Y sí, viene la pregunta que he escuchado más de alguna vez: ¿y por qué, entonces, algunos tienen que hacer patentes sus diferencias y salir a la calle hechas “unas locas”? Uno, están en todo su derecho de hacerlo. Dos, la manifestación de su realidad ha sido necesaria para mostrar que hay otras realidades que no han sido consideradas por las leyes, hasta ahora. Porque al “hacerse invisibles” es posible minimizar el problema y decir que se trata de anomalías, de comportamientos atípicos, llegando a los extremos de decir que no son “normales”.
Ha sido precisamente esa expresión, esa manifestación de diversidad, la que ha permitido mostrar que no hay lo “normal”, porque al final todos somos una minoría de uno. Hay muchas maneras de ser hombre, de ser mujer, de ser homosexual, de ser abogado, de ser creyente, de ser. ¿Por qué la ley no habría de adaptarse a tal hecho? ¿Por qué no establecer un marco legal que reconozca y otorgue los mismos derechos a todos?
La resistencia al cambio es difícil de sortear y seguramente habrá más reacciones en contra. No obstante, en algunos años, cuando los ánimos se calmen, espero que los ahora críticos se den cuenta que no dejará de existir “la familia”, que la ciudad no será presa de la depravación ni será el fin del mundo. Tal vez entonces vean que la ley no es la que trae “el gran cambio” sino que la ley sólo se ha adaptado a un cambio que lleva décadas en proceso.



