Pareciera una eternidad desde aquel atropellado 1 de diciembre en el que a empellones y en medio de vociferaciones y diputados campistas Felipe Calderón rindió protesta como presidente de México. Y si a nosotros nos ha parecido largo, al inquilino de Los Pinos seguro se le ha hecho interminable. Tanta calamidad junta no se había visto acaecer en tan poco tiempo. Crisis mundial (económica y alimentaria), epidemias, muerte de un secretario de Gobernación, descontento social, violencia, son los más notorios. Algunos han venido del exterior, otros han sido consecuencia de malas decisiones del gobierno en general y del presidente en específico.
Cuestionables como son los medios para lidiar con crisis, influenza y narco, resulta imperante modificar el rumbo. Apenas ayer llegó a la mitad de su gobierno, pero tras la debacle electoral de julio y el clima de desazón nacional, en distintos medios comienza sonar eso de que es un pato cojo (la traducción literal al español es desafortunada, proviene del término lame duck president, utilizado para un mandatario que ya no hace nada y que sirve para lo mismo). En un contexto mexicano sería bueno utilizar una especie más autóctona, como coyote, aunque ello derivaría en inevitable albur. Por lo tanto sujetémonos al desafortunado término de pato cojo.
México no puede permitirse un presidente inútil. Los próximos tres años serán de definiciones. Con las profecías revolucionarias timbrando, la agenda pendiente es extensa. Recuperación económica, desarrollo social, educación de calidad, seguridad pública, prevención sanitaria, innovación tecnológica, son algunos de los renglones prioritarios. En 2012 México llegará a la cúspide de su bono democrático (la mayor proporción de jóvenes en su historia); después su población envejecerá lenta e inexorablemente. Lo que no se haga en los tres años restantes del sexenio tendrá eco en las próximas tres décadas. Agobiado, disminuido, ahogado en problemas, el presidente debe sobreponerse y dar golpe de timón para evitar el hundimiento de la nave.
Calderón comienza a dar señales de entender lo anterior. En su tercer informe prometió reformas de fondo. La reciente propuesta de reelección legislativa se aplaude; llevaba años en la congeladora. Sin embargo, ello no es prueba suficiente. Como se vio con Fox, no basta desvivirse en promesas, hay que cumplir. Se vislumbran, pues, dos caminos: Uno es permanecer en la simulación, en el atole con el dedo, en hacer como que se hace, en proponer tímidamente y escudarse en que el PRI tiene casi mayoría y que detuvo las propuestas en alguna de las Cámaras. El segundo es, en términos futboleros, dejar todo en la cancha: negociar, moverse, hacer hasta lo imposible para sacar al país del marasmo y hacer los cambios que, aunque dolorosos (para algunos), son necesarios (como botón de ejemplo: sacar a la maestra Gordillo).
El prestigio y la forma en que quiera ser recordado dependen del derrotero a seleccionar. Si toma el primero seguiremos en el país del “no pasa nada”, viviremos tres ominosos años esperando el regreso de los dinosaurios copetones, el PAN regresará a la oposición con mucha pena y nada de gloria y Calderón se unirá al club de Echeverría, López Portillo y Salinas. Por no mencionar que se consumará el desencanto prometido a la ciudadanía del “cambio hoy, hoy, hoy”. Si elige el segundo enfrentará, seguramente, enormes retos, pero al menos podrá aspirar a ser recordado como alguien que tocó fondo pero supo recomponerse y recomponer al país. De ser así, tendrá complicadas batallas que habrá de seleccionar bien. El riesgo es alto, pero al menos así le daría más posibilidades a su partido de dar una buena pelea en los próximos comicios federales. Después de todo, con los augurios tricolores para 2012 ¿qué tiene que perder?













