La objetividad absoluta es inalcanzable. Sin embargo, hay gradaciones. Para este texto en específico, admito mi lejanía de toda objetividad: será una crítica basada en pocos casos que, por lo tanto, no pretende generalizar. A pesar de dicho sesgo, no carece de utilidad el ejercicio, ya que cabe la posibilidad de que, en mayor o menor medida, lo que pretendo describir se repita en otras circunstancias.
La crítica se dirige a las dinámicas establecidas. Es común el argumento de que al entrar a la política la gente se corrompe, por más honesta y recta que sea. ¿Por qué? Porque acaba entrando al juego de la mayoría; o se adapta a los viejos hábitos o es expulsado. Sin embargo, ésto no aplica exclusivamente a la política. En las empresas, en las familias, en una relación entre dos personas, incluso en cada individuo, se establecen pautas de comportamiento que a la larga resultan difíciles de cambiar. En una palabra: hábitos. De ahí parten los argumentos de dependencia del camino (path dependency): cuando los resultados de un proceso sólo pueden ser explicados mediante la secuencia de sucesos que llevaron a ese punto. Los antecedentes marcan. Olvidar la historia es imposible.
Aún así, cabe la posibilidad de la crítica. Porque el cambio es posible, necesario y, muchas veces, deseable. Mi diatriba se dirige, entonces, a una dinámica con la que me he familiarizado: la de la academia (ni siquiera la de la academia en su conjunto, sino de la que me rodea, enfocada en ciencia política). Ahí se han desarrollado algunos vicios que, según mi parecer, limitan e incluso nulifican su labor social:
1. Importancia del método sobre el tema. Esta crítica la han hecho personas con más autoridad, como Sartori. Muchas veces el método acaba condicionando los métodos a estudiar. La dinámica ideal, siguiendo a Almond, es primero encontrar un fenómeno de interés y de utilidad y posteriormente aplicar todos los conocimientos e incluso la imaginación con el fin de desarrollar métodos innovadores para estudiarlo. Así avanza el conocimiento: a través de la inventiva. Un problema adyacente es el tratar temas de interés pero no ahondar en soluciones. El carácter primordialmente descriptivo resta utilidad al estudio. Sé que el primer paso para solucionar algo es comprenderlo, pero muchas veces se limitan a explicarlo a medias. Aportar algunas ideas seminales sobre posibles soluciones, sobre las que pudieran avanzar otros estudiosos del tema, sería deseable.
2. Se reduce a una palabra: flojera. Encuentro dos vertientes: Primero, reciclar y auto citarse en exceso. Si bien es natural tener un campo de especialización, ello no implica acabar repitiendo lo mismo una y otra vez (nada más funesto que un copy-paste). Segundo, no atreverse a hacer, en cada libro, “la gran investigación”, sino una investigación más. Entiendo que la dinámica de publicar o perecer (publish or perish) fuerza a optimizar esfuerzos. Pero a la larga ¿no es mejor tener dos libros memorables a tener diez que nadie recuerde ni cite?
3. Esto lleva al tercer problema: la obnubilación de largo plazo. Absorbidos por compromisos administrativos, por pasar al siguiente día, por entregar este informe de actividades o presentar aquella solicitud, olvidan (o dejan poco tiempo) a su función principal: pensar. Finalmente, lo más importante no es el número de páginas o la cantidad de citas, sino el aportar un argumento nuevo. Ello se debe, en parte al cuarto problema.
4. Detesto apoyarme en explicaciones culturales, pero creo que este es un rasgo más acentuado en México: la falta de discusión. Es difícil encontrar gente con la que se pueda tener una acalorada discusión y al término de la misma tan tranquilos. Muchos acaban tomándoselo personal. Se enojan o zanjan todo intento de diálogo diciendo: “nunca nos pondremos de acuerdo, ¿para qué discutir?” Precisamente para probar argumentos; porque al final hay que estar consciente de la posibilidad de acabar cediendo ante evidencias más contundentes y, lo más importante, aprender. Dicho rasgo se reproduce en la academia, en la que “por no ofender al otro”, se evade en todo momento la discusión verdadera, por lo que acaban en diversos monólogos que, cuando mucho, se tocan tangencialmente. Porque acaban ligando el honor o el status del proponente con sus argumentos: si éstos resultan dañados en una discusión, forzosamente el honor del expositor se ve mancillado. No debería ser así. Los académicos, siendo capaces de pensar y articular argumentos mejor que muchos otros, deberían ser los primeros en ponerlos a prueba y aceptar, cuando sea el caso, que están equivocados. La dialógica permitiría, a su vez, avanzar el conocimiento. Aquí no se trata de tomar partido desde antes: para eso están los políticos. Por lo tanto es una aberración un académico que defienda a capa y espada a Calderón o al Peje. Debe ser capaz de encontrar defectos y virtudes donde las hay, porque sólo mediante la crítica y la autocrítica puede esperar corregir errores previos.
Sabiendo qué dinámicas me parecen erróneas, es más fácil trazar las directrices del cambio. Comprendiendo los antecedentes, es más fácil modificar hábitos. Así las cosas, termino desahogado. Y, recurriendo al lenguaje popular: a quien le quede el saco, que se lo ponga.

Academia. Monólogos tangenciales.